HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Joyce, Proust o Kafka. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2016

viernes, 21 de octubre de 2016

Los bosques de Nyx, de Javier Tomeo

Literatura sorprendente. Llegó a mis ojos esta obra de Javier Tomeo, en una fría tarde de otoño, en la que las temperaturas bajaron y el cierzo me instigó a cerrar todas las puertas y ventanas del salón para que no fuera herido la calidez de mi hogar . En ese momento, mi concentración era toda propiedad de Los bosques de Nyx. Me olvidé de quien era, desaparecí en el tiempo, fui lanzado a un lugar sin espacio, en el que tomó presencia Esquilo, Sófocles, Eurípides, Menandro y Homero.

Nyx, en la mitología griega, es la diosa de la Noche, hija del Caos y hermana de Erebo, con quien se une para engendrar a Éter, la luminosidad y puro brillo, y a una serie de divinidades, la mayoría de ellas abstracciones personificadas como la Muerte, el Dolor, el Sueño, el Destino, la Perdición, el Castigo Merecido, el Fraude, la Senectud, la Discordia, la Amistad, la Ternura, la Hijas de la Tarde, el Engaño. Nyx representa las tinieblas sublunares, mientras que Erebo es la expresión de la noche subterránea. Nyx posee un carro tirado por caballos negros que atraviesan el cielo envuelto en su sombrío manto cubierto de estrellas y es considerada como la "buena consejera" a la que se veneraba en compañía de Apolo, sacrificando para ella, gallos y ovejas negras. Su figura animal es representada por el búho y la adormidera o la amapola del opio. Nyx es una de las figuras mitológicas que más personalidad adquirieron en la poesía y en el arte, a pesar de no haber tenido un culto popular ni altares. Nyx es el centro de esta pieza literaria.

Los bosques de Nyx narra la historia de doce mujeres que perdieron a sus seres amados en la Guerra de Troya sin renunciar a sus tristes recuerdos porque saben que olvidar significa tanto como renunciar definitivamente a todos aquellos a quienes una vez amaron. Así que no están dispuestas a hacerlo. No importa que sus corazones se han convertido en inmensas necrópolis. Ellas viven en su espacio mágico amasando desesperadamente sus penas, tratando de recuperar las lágrimas perdidas. Pero un día, penetra en el bosque un Mensajero. Procede de una nueva guerra y propone a las mujeres que regresen con él al mundo de los vivos. La misión de las doce heroínas no es fácil. Habrán de ser ellas quienes, alzándose sobre sus recuerdos y aureolas por sus respectivas tristezas, se ofrezcan a los nuevos combatientes como símbolo de dolor que nunca se extingue, para convencerles para que abandonen las armas y regresen definitivamente a la paz. Si ésto lo consiguen podrán encontrar por fin justificación a sus viejas penas y, sobre todo, a la muerte de todos los viejos guerreros que ellas amaron un día sin más límites que los que señaló la eternidad de sus almas inmortales.

En torno a la negra hoguera de la guerra, Javier Tomeo convoca a un aquelarre a doce heroínas del teatro griego para mantener un apasionante y vivaz debate sobre los desastres bélicos, la fascinación de los hombres por la herencia de Marte y el dolor reflexivo e infinito de las mujeres. Se trata de un relato didáctico de gran profundidad emocional al que todo el mundo puede adentrarse, pues ha sido forjado en esa mágica dimensión que se encuentra entre la literatura de siempre y la ciencia-ficción del mañana, que sólo es posible en nuestra mente. El Diálogo de las Muertas fue una excepción en la narrativa tomeana siempre inundada de personajes estrictamente masculinos donde las mujeres actúan como mero contrapunto. Los bosques de Nyx están regidos por una comunidad matriarcal que ha embrujado esta recóndita arboleda en un letargo abismal, y ellas, heroínas de la Antigüedad  van a ser reclamadas  en una noche tenebrosa para manifestar con todo el esplendor de la razón y el corazón unidos, lo absurdas que son las guerras, hasta poner en pie de paz a griegos y troyanos. ¡Magistral Javier Tomeo! Integra la brevedad de Chéjov con la potencia argumental de Samuel Beckett. No ha podido llegar a mi vida en un momento de mayor sincronicidad. Mañana justo me han programado una salida de fin de semana al bosque para celebrar mi cumpleaños. Así que allí plantaré satisfecho, mi espíritu en ascensión, en actitud de paz con el Universo. ¡Tránsito!


«Sea cual fuere el bando en el que se luche, las guerras son un negocio de unos pocos»



sábado, 8 de octubre de 2016

Amado monstruo, de Javier Tomeo

Encontré las obras de Javier Tomeo en una pequeñita biblioteca muy cerca de mi casa, paseando por un inmenso parque con pinos de más de treinta metros de altura. La biblioteca llevaba su nombre y mi interés creció al comprobar que dentro, en el mismo recibidor, había una vitrina con la mayor parte de sus obras expuestas. La bibliotecaria se acercó de propio a explicarme su contribución en este mueble-vitrina. Era un tesoro en la ciudad. Y al seguir su delicada presentación recuperé el amor y la atracción por la literatura. No había dudas de que se trataba de un escritor prolífico. Su imaginación había producido casi cincuenta novelas. Desconocido en Zaragoza, pero muy premiado en el extranjero, sobre todo en Francia y Alemania. Ésta fue la que más llamó mi atención. Con ella alcanzó la fama y fue llevada al teatro. Hice caso a mi intuición.

«De acuerdo, soy un nuevo Robespierre que se ha pasado treinta años viendo como su madre hacía calceta.»

H.J. Krugger, director del Departamento de Personal de un Banco, habla con un ligero acento extranjero arrastrando las erres y oscureciendo las vocales. Por razones obvias dice que no puede prescindir de su empleo. Está obligado a mantenerse en la clandestinidad, pues pertenece a la poesía secreta y podrían acusarle de quitacolumnista, además de suponer el fin de su carrera en el Banco. Ahora tiene en frente, para una entrevista de trabajo a Juan D., que lleva treinta años pegado a las faldas de su madre y ha decidido presentarse al puesto de vigilante de Banco, sin la aprobación de su madre. Él no tiene experiencia y dicho empleo requiere el uso de armas de fuego. No vale ir con un garrote, como desearía Juan. El prestigio del Banco depende de las pistolas. Se trata de una cuestión de imagen de empresa.

«En estos tiempos de apoteosis informática, de sofisticadas redes de teleproceso y de dinero electrónico, resultaría de lo más ridículo ver a los vigilantes de cualquier banco armados con garrotes.»

En esa entrevista ellos van a hablar, de música, de literatura, de arte, de gastronomía, incluso de sus madres y, cuanto más se extienden en detalles, más se les permite aligerar sus conciencias.

«He aprendido a clasificar a la gente en dos grandes grupos: el de los que tienen dinero, y el de los que no lo tienen. No me preocupan los linajes, ni los cuarteles en los escudos, sino la cuenta corriente de nuestros clientes y, en última instancia, la educación que sólo puede dar el dinero. Todo lo demás son pamplinas.

Juan D. dispone aún de treinta minutos para convencerle de que es el candidato ideal y le confiesa cada detalle relacionado con el impulso por abandonar la casa de su madre. Le habla del reproche que su madre tiene contra él por haber nacido con seis dedos en cada mano, como si fuera un monstruo. Su madre lo sabe bien. ¿A dónde piensa ir? Los hombres como él deben renunciar al mundo, antes de que el mundo los rechaze a ellos.

«Los hijos son como lámparas en un hogar oscuro y nosotros no nos hubiésemos permitido jamás dejar a su madre en tinieblas.»


lunes, 3 de octubre de 2016

Las chicas, de Emma Cline

Literatura underground. El debut literario de la joven norteamericana Emma Cline requiere atención pues narra, desde una emotividad divergente, la vida de una chica que está luchando con su sexualidad emergente, que le suscita interés, peligro y que le aporta una sensación poderosa. El mensaje de fondo permite revisar la cotidianidad subyacente en la humanidad a través de la calidad en las relaciones personales. Su publicación,  en junio de este verano, ha despertado el interés de muchos amantes de la literatura. Será llevada a la gran pantalla. Requiere un paréntesis.

Las chicas está ambientada en el norte de California, durante el violento final de la década de 1960. En el comienzo del verano, Evie Boyd, una adolescente inteligente y reflexiva que atraviesa por un proceso de soledad, ve a un grupo de chicas en el parque, que le roban inmediatamente su atención, por la consumada libertad de comportamiento, su vestimenta descuidada y su peligrosa aura de abandono. Al poco tiempo, Evie quedará magnetizada por Suzanne, una chica más mayor con una energía enigmática, que le introduce en el círculo de una secta infame, liderada por un carismático músico, llamado Russell que vive en un extenso rancho escondido en las colinas, un lugar inquietante y descuidado, pero que a Evie le resulta exótico, emocionante, cargado de interés y en el que se siente desesperada por ser aceptada por el grupo. A medida que pasa más tiempo lejos de su madre, de su amiga Connie y de los ritmos de su vida diaria, su obsesión por Suzanne se intensifica. Evie no se da cuenta que se acerca cada vez más hacia una violencia impensable, en un momento en la vida de una chica en donde todo puede ir muy mal.

Las chicas está inspirada en el líder satánico Charles Manson y los espeluznantes asesinatos que sus seguidoras cometieron en el verano de 1969. Sin embargo la historia de Emma Cline agarra ese horror en segundo plano. Su protagonista, Evie Boyd, contiene toda la fuerza de esta historia. Ella ha pasado su vida dejando que los días se desmoronen muy lejos, como los restos de un acantilado. Es ya una persona adulta, pero abatida por el cultivo de una invisibilidad gentil viviendo entre los espacios de las existencias de otras personas. Ella capta las demandas deshumanizantes de los hombres, la violencia ocasional con la que se hacen cumplir esas exigencias y las relaciones de explotación que le producen orgullo y desesperación. Pero a esa edad ella necesita aprobación.









La novela de Cline realiza una retrospección de ida y vuelta, con notas de apatía, cambiando entre la vida estática de Evie en la actualidad y el tiempo infame en el que fue una chica de catorce años, recluida en el rancho de Russell, versión clineana de Manson; mientras su país carbonizaba Vietnam y las universidades entraban en erupción. Por esa época sus padres se habían divorciado recientemente y ella se encontraba a la deriva de su padre y su madre, en un forcejeo distraído. La presencia de Suzanne, tan trágica e independiente, como un rey en su exilio, le deja cautiva, además de por su belleza con la que Evie desea congraciarse,  y que le arrastra a situaciones perjudiciales. Todos estos momentos son los más notables de la novela donde la capacidad literaria de Cline para articular las angustias hacia la edad adulta en un lenguaje que es magníficamente poético sin perder la autenticidad de la conciencia del adolescente, las reflexiones melancólicas de su madurez o la impetuosidad de sus impulsos infantiles, deja toda la obra trenzada en armonía. La novela permite ir apreciando todos los cambios psicológicos de Evie, después de pasar las dos primeras semanas en el rancho de Russell, notar su su facilidad para  mentir a sus padres, para entregarse a Russell o para obtener de forma aguda el afecto de Suzanne.

Emma Cline ha escrito una novela explosiva mediante un acto de obsesión y curiosidad, que le llevó a interesarse treinta años después del crimen de Manson, explorando videos en YouTube y leyendo todo tipo de libros sobre el líder y su secta, de la que aporta muy pocos detalles, centrándose en el desenlace de destrucción y el homicidio múltiple que incluía ritos satánicos, nacidos de un lugar tranquilo, desde el que Evie, una de las chicas de Manson se confiesa con plena ebullición, anhelo y terror. Evie alude a los asesinatos infames, con una vergüenza latente y con un asombro silencioso de como "accidentalmente" una vida puede partir hacia el desastre. 

«La vida es un continuo alejarse del filo.»

¿Hasta donde llega este concepto de "accidental"? Cualquier chica no es blanco fácil para sucesos de este calibre. No hay que caer en el temor, una emoción de la que excede esta novela. Algo así sucedería con personas que cultiven el rencor, el aislamiento, la egolatría, o el narcisismo, además de distanciarse por completo de sus familiares y seres queridos; o en personas que buscan obtener poder y seguridad del grupo. Charles Manson vino a este mundo a hacer daño y a manipular. Fue estudiante de la Cienciología para controlar a la gente con métodos sibilinos. Era un psicópata adorador de satán, miembro de la Iglesia de Satán, actualmente metido en la cárcel con una pena de cadena perpetua por todos sus crímenes. Sus conexiones con la masonería y el satanismo han sido demostradas. Las chicas que vivían con él, además de reunir muchos caracteres de la psicopatía, estaban narcotizadas, bajo los efectos de diferentes drogas y siempre en un programa de hipnotización, mediante símbolos, gestos, frases recurrentes para conseguir su manipulación mental. De lo contrario algo así jamás habría ocurrido. Pueden estar muy tranquilas las personas que se rigen por la bondad y la empatía.

«Suzanne tenía los ojos como un muro de ladrillo. Las anfetaminas tensaban sus sienes.»

Cline ha entrado con fuerza en la escena literaria. Tiene veintisiete años y ha firmado con Random House un contrato de dos millones de dólares por éste libro y otros dos más que saldrán muy pronto. Una vez leas este libro, inevitablemente tendrás ganas de leer algo suave, del pulso de Jane Austen, para rebajar toda la carga negativa que experimentarás con los personajes. Lo bueno es que se lee del tirón. Es muy rápida y muy ágil. Lo malo, que genera mucha aflicción y desasosiego. No hay un sólo personaje que tenga luz. Me ocurrió hace muchos años con Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides.


sábado, 1 de octubre de 2016

El cazador, de Javier Tomeo

Javier Tomeo vivía solo. No tuvo hermanos. No tuvo hijos. Consagró su vida a la literatura. De niño leía a Julio Verne y a Salgari, pero lo que forjó su imaginario más pujante fueron las pinturas de Goya, con sus monstruos y sus personajes sardónicos. Así aprendió a relacionarse con el arte, mediante una experiencia moral, junto a criaturas y personajes incapaces de encajar en el mundo. De esa forma encontró su lugar en el mundo.

El cazador (1969) fue su primer libro, una ruptura con el mundo insípido y un ejemplo lúcido de cómo seguir su propio camino, el único y verdadero. Javier Tomeo trabajaba como abogado en Olivetti, empresa italiana de máquinas de escribir, y un día decidió encerrarse drásticamente en su habitación para disolver las frustraciones del pasado y sumergirse vibrante hacia su propio universo de individuación. El resultado produjo una obra inclasificable, marginal, de contenido pulsional e inconsciente, en trance con su alter ego, precipitándose contra los límites hacia la captura del más allá: su presa más ambiciosa. De estilo condensado, su narrativa avanza por golpes certeros de inteligencia y exactitud. Breve, profundo y matemático, como los delirios de Kafka o la espontaneidad genuina de Poe. Escribe lo que corresponde, y ya nada se puede parecer a él. Tan sólo caben reminiscencias de ligera aproximación, pero toda evocación será injusta. A Javier Tomeo se le lee y a partir de allí ocurre todo y uno entiende el placer de ser un lector minoritario , atípico y heteróclito; un lector de autores que estaban tan cerca de casa que parecían invisibles. Gracias Aragón.