HURACANES EN PAPEL™ - Reseñas literarias

Sólo me queda esperar la aparición de un Nuevo Tifón Literario de magnitud cinco como los producidos por Joyce, Proust o Kafka. Ese día llegará y mi búsqueda no habrá sido en vano. Huracanes en papel™ 2007-2016

miércoles, 28 de enero de 2015

El hombre del salto, de Don Delillo

Un Gran Desastre que todos conocemos ocurrió en Nueva York. Plata surcando el azul. Se produjo un estrépito y el fragor del derrumbe, el humo y las cenizas rodando por las calles, doblando las esquinas, los folios y el papel de oficina pasando en vuelo rasante y cosas que no son de este mundo consternaron la paz en el fúnebre cobertor de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Ese día que está en la memoria colectiva de todos los que vivimos con televisores produjo sus efectos en la literatura norteamericana cuando Don Delillo decidió narrar en 2007 esta tragedia a través de la familia de Keith Neudecker para dar memoria, sensibilidad y sentido a todo ese espacio de gritos y dolor.

Keith, un hombre de mala reputación, consiguió escapar del edificio demolido, llevaba traje y maletín, tenía cristal en el pelo y cápsulas veteadas de sangre y luz. Tenía claro donde quería ir cuando apareció delante de la puerta de su mujer, Lianne, de la que llevaba separado un tiempo y con quien tenía un hijo llamado Justin. Jamás ninguno se recuperaría del trauma.

«Tras esos primeros días del estrago, el sexo estaba por todas partes.»

Justin es el chico que aparece en la portada del libro con unos prismáticos. Observa asombrado a un hombre que trata de hacer arte con el horror. Está atento a las apariciones arrogantes de Bill Lawton, el Hombre del Salto, un artista callejero que se cuelga cabeza abajo con traje, corbata y zapatos de vestir, desde distintas estructuras, produciendo en los espectadores y los ciudadanos el horror y la desesperanza humana de aquellos siniestros instantes dentro de las torres gemelas en llamas, con la gente cayendo y obligada a saltar. En otras ocasiones ya lo habían visto colgado de una galería en el patio de un hotel y había salido escoltado por la policía de una sala de conciertos y de dos o tres edificios de pisos con terrazas o tejados accesibles. Bill Lawton contiene la mirada del mundo, como un personaje de un naipe del tarot. Nueva York es un teatro del horror, una ciudad orgullosa, levantada en las alturas, pero que ha caído desmoronada en ruinas para regresar al suelo y retomar un contacto con gente que había quedado olvidado.

«Ahí estaba la espantosa claridad de todo ello, algo que no habíamos visto, la figura única que cae arrastrando el espanto colectivo, el cuerpo que cae a estar entre nosotros.»

La actitud de Don Delillo hacia este trágico asunto es la continuación a toda la literatura de
sus anteriores trabajos premonitorios que consistió en estudiar los hechos históricos, como la guerra fría o el asesinato de J.F.K. tomando distancia para descomponerlo en sus elementos, fríamente y con claridad. Sin permitir que le destruyera. Verlo, medirlo y encontrar una enseñanza. Sin embargo en esta novela se nota que la distancia es aún muy pequeña y los efectos que produce son pequeños, poco satisfactorios e inadecuados a la dimensión real de los hechos, por toda la contaminación de documentales, artículos de periódico y noticias que nos aún están influyendo.

Cierto es que hace años, Delillo escribió sobre el creciente aumento de los terroristas, del creyente letal, la persona que mata y muere por la fe; el poder de las multitudes, fusionado por los medios de comunicación, sobre la historia que cambia de forma turbulenta y con violencia; la seducción de la tecnología y la saturación que produce junto al brillo de la cultura pop; la institucionalización de la paranoia y el pensamiento conspirativo en la mente colectiva.
El lector de Delillo viene seguro preparado para seguir analizando su teorización del caos. ¿Se acuerdan de Unabomber? ¿aquel norteamericano de origen polaco llamado Kaczynski que también realizó varios atentados con carta bomba durante casi 18 años y que llegó a matar a tres personas? Unabomber, curiosamente, era el acrónimo de Universidad-Aerolíneas-Bombardero. El tipo intentó luchar contra lo que entendía que eran los efectos malignos del progreso tecnológico. Don Delillo recuerda a ese anterior terrorista y lo asocia a una versión más espeluznante, los Unaflyers que pilotaron los aviones que se hundieron contra las torres gemelas. Esto es EEUU. Ya no debemos extrañarnos.

«Después de la tormenta es cuando nos atrevemos a buscar el arcoiris.»


El hombre del salto no es ni mucho menos la novela epopéyica que podríamos esperar de un autor con la visión panorámica que desplegó en sus dos obras maestras, Submundo y Libra. Sus personajes centrales, Keith y Lianne, siguen siendo dos figuras no muy convincentes, a la deriva en el mar anónimo de la humanidad, balanceándose solos en sus propios pequeños salvavidas, desconectados del mosaico global y del espíritu de la época o la conmoción mundial que dejó a su paso, por lo que la novela causa una importante decepción. La creación de este lienzo no profundiza ni es lo suficientemente amplio, ni consigue entrelazar personajes ficticios con los reales, como Mohamed Atta, los cuales se deslizan por las grietas de la novela como presencias de tono casi espectral, llevando al lector por desarticulados incrementos de tensión hacia una estudiada escena final de primeros planos y silencios oblicuos con la muerte, lo que será una cita inexorable con el terror más crudo proyectado sobre los acontecimientos del 9/11. La obra nos deja con dos imágenes mezquinas: la del artista que salta y el de un hombre absorto en sí mismo, que acude a la ciudad atraído por el fuego y las cenizas de aquel día y decide pasar su previsible futuro jugando a juegos estúpidos de cartas en el desierto de Nevada. Será la gente corriendo por sus vidas, la parte de la historia que aún nos quedará por leer, porque es la parte que nos aleja más allá de las cifras de los muertos y de los desaparecidos, y nos produce una idea elevada del Ser. Aún así pasarán aún muchos años de reflexión hasta que un escritor sea capaz de plasmar con pureza el 9/11 en palabras.

«Hay algo vacío en el cielo.»

martes, 27 de enero de 2015

El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto

La novela policíaca tiene una atmósfera hiper-racional que me suele resultar atractiva. Esta obra está en estos momentos por las librerías españolas. Es un libro pequeño (13 x 20 cm) y amistoso, para llevarlo en la cartera y leerlo durante distancias cortas. La portada me resultó muy sugerente y sin conocer al autor lo compré. Lo he leído sin pena ni gloria, así que para los que aún estáis a tiempo de elegir otras lecturas os aconsejo que no lo leáis. Tengo mis razones. En esta ocasión culpabilizo a la editorial por simple prestidigitación.

Seicho Matsumoto fue un escritor japonés tardío que inició su carrera literaria con más de cuarenta años. Despegó rápidamente con su segundo libro convirtiéndose de la noche a la mañana en el escritor más popular del género policíaco de Japón. Le apasionaba la literatura y escribió muchas novelas. Dispone por lo tanto de un gran repertorio. Todas no pueden ser buenas. Esto mismo también le pasa a Thomas Pynchon. Aún así al leer a Matsumoto se nota que tiene una escritura pulcra, breve y directa. Da gusto seguir sus letras, pero no el desarrollo de esta historia. Resulta cansina. La editorial Libros del Asteroide ha elegido muy mal el lanzamiento de este autor puesto que el interés de la inmensa mayoría se vuelca en la publicación de Inspector Imanishi Investiga, que fue la más aclamada y no ésta novela que te marea la cabeza con tantos trenes, horarios, idas y venidas sin sentido, centrado en una relojería tediosa. Claramente, es un horror.

El expreso de Tokio utiliza al comienzo el procedimiento que sigue la misma tradición clásica del Inspector Maigret en Paris, de Georges Simenon; o el Inspector Van der Valk en Amsterdam, de Nicholas Freeling; o el Superintendente Beck en Estocolmo, de Maj Sjöwall y Per Wahloo; o el Mariscal Guarnaccia en Florencia, de Magdalen Nabb o el Inspector Jefe Dalgliesh en Inglaterrade, de P.D. James. Un hecho trágico activa la maquinaria deductiva de un sagaz inspector que rondará meticulosamente por todos los detalles del crimen hasta resolverlo. Es cierto que el inicio es muy atractivo. No lo duden. ¿Pero qué la lleva al desastre? Profundicemos un poco mas y verán como se desploma.



Kenichi Sayama y Toki aparecen muertos en la orilla de una playa, bajo la pálida luz de la mañana. Se especula que ha sido un doble suicidio inducido con cianuro potásico. Mueren sin dejar ninguna nota de suicidio. Al revisar el caso, el inspector se da cuenta que el hombre difunto había pasado seis días solo en su hotel y que en su bolsillo sólo encuentran un único billete de tren, así que como los amantes no han viajado juntos, empiezan a indagar y a revisar horarios de trenes, andenes, tiempos de espera, estaciones, alternativas de transporte, ferrys, autobuses, entradas y salidas, intervalos de trenes, donde pudo subir al tren su acompañante, si era ella o era otra, los tiempos de una ciudad a otra, los revisores, las llamadas de teléfono, los registros del hotel, y otro detalle y otro más y otro, y la cabeza se empieza a llenar de datos, trenes, horarios, entradas, salidas, gente que va y viene y al final se arma tal caos y tal incertidumbre que cuando resuelven la estratagema de los asesinos tienes ganas de que metan a la cárcel hasta al escritor.



El expreso de Tokio es un pegote de la editorial aprovechando la finalización de los derechos de autor de esta novela escrita en 1958 para sacarle máximo rendimiento a una novela pueril. Todo lo que reseña Fernando R. Lafuente en el ABC o Carlos Martinez Shaw en el Periódico de Cataluña es un efecto de prestidigitación vacua y comercial para hinchar las ventas. La novela no tiene nada de interesante y no aporta ningún elemento extra durante la historia. Los lectores sabemos que una de las excusas que te lleva a leer novelas policíacas es también la posibilidad de descubrir otras formas de vida y las costumbres en otros países. El escritor puede indagar en los estados de ánimo subjetivos, realizar un análisis interior de los personajes y sumergirse en la psicología de los protagonistas, incluso en la búsqueda de la identidad del país. Pero aquí sólo destaca que el protagonista bebe café. Es así de superflua. Manuel Vázquez Montalbán radiografiaba hasta la actitud de las ratas que cruzaban por la escena del crimen mientras hacía denuncia social y crítica política. Matsumoto en esta obra sólo aporta una frase para el recuerdo. La grabo en este blog huracanado para ser pensada o reinterpretada porque es lo único que puedo rescatar de este insustancial libro. El resto para mi es silencio. 

«Cuando uno se da cuenta de que su superior se ha fijado en él, hace lo imposible para caerle en gracia, aunque esté utilizándolo. La ambición de querer ascender es así de triste.»

lunes, 26 de enero de 2015

Alabanza, de Alberto Olmos

Perseguía la buena literatura, aquella que te permite pensar y profundizar en el valor de lo real. Eso que debe ser contado. Estaba rodeado de libros y decidí rastrear l'actualité littéraire seleccionando una obra según su autor, y no al revés. Quería al mejor. No puedo evitarlo. No me fio de los titulares de las editoriales. Rótulos tan estudiados, alardeando de publicar la obra definitiva para el lector más exigente. Me entran naúseas sólo de pensarlo. Y me acordé rápidamente de un invicto. Sentí que me faltaba la última obra de Alberto Olmos, un escritor transparente.  No lo había apuntado en ningún sitio. Estaba en mi cabeza. Portaba este recuerdo desde hace casi un año, cuando lancé la reseña de Ejército enemigo el 14 de marzo de 2014, una pieza potente . Lo tenía interiorizado conmigo, en mi retentiva, porque lo siento como uno de los nuestros, de los más huracanados.  Y así apareció, súbitamente, ante esa necesidad, allanando el camino para progresar por los tornasolados senderos de la literatura. Cualquiera no puede abrirse camino por esas geografías. Hace falta un escritor con talento, en el que se reúnen condiciones humanas excepcionales y severas. 

Al leer el título advertí que iba a celebrar con palabras una gran fiesta de la literatura: el estilo narrativo y la agudeza intelectual de Alberto Olmos,  uno de los mejores jovenes escritores hispanohablantes nacidos a partir de 1975, junto a Javier Montes, Pablo Gutiérrez o Sonia Hernández.  Grandes coetáneos obstinados en extender la plasticidad artística de la literatura. La obra iba dedicada a sus padres. Esto se trataba de algo serio, circunspecto y ceremonioso. El resultado final fue superior a la expectativa inicial que suscitó mi imaginario en el acercamiento, pero esto lo quiero contar con detalle.

Alabanza es una obra metaliteraria, la Nueva Moda Vanguardista en Literatura, estilo procedente de las primeras excavaciones literarias de Enrique Vila-Matas, káiser imperial de esta modalidad tan fascinante, que revolucionó el panorama artístico de la literatura. El planteamiento se impulsa en escribir sobre lo que se está escribiendo y sobre lo que se va a narrar, o si lo prefieren, estirar las fronteras de la literatura, una práctica meta-existencialista del escritor que  explora la fabricación de la literatura mientras celebra la gala de las letras y las palabras que relatan el mundo, contra otros que inciden en el hiper-realismo más denostado, buscando el talante y la miga para exponer lo que no puede quedar silente y taciturno. Pintar con palabras parte del silencio y dejar el espacio preciso entre lineas para que el lector descubra lo realmente importante.

Alberto Olmos crea magistralmente dos personajes, Sebastián y Claudia, y articula su mente narrativa  con la vivacidad neuroplástica de un topo con arco, que socava las galerías y grutas más arriesgadas  de la identidad performativa y las psicosis de pareja, para llegar íntegro al corazón de su AlterMusa y despertarla con aplomo y puntería, mediante la flecha  de sus astutas quimeras y razones calculadas, como un escritor  que se niega a la melancolia, afín a sus intuitivas visiones, mitad ficción, mitad  lógica-poética. Presente con los vapores delirantes de la infidelidad,  las erosiones del tiempo, la acumulación de sus prácticas sexuales y los recuerdos del pasado, Sebastián intenta escribir durante unas vacaciones, su pieza maestra de la literatura, sumido en una aldea remota que no dispone de internet. Allí rememora a todas las amantes de su vida y las literaturiza con el brillo natural, espectral, glorioso y sucio de cada hecho marcó su perceptiva. Tal y como surjió en cada experiencia y fue sintetizada en su sentimiento racional. Procurando ser certero a cada folio blanco que empantana su cuarto, el espacio de la batalla.


«No estoy enamorado de tí.»

Claudia recorre el pueblo por todos los rincones y descubre que sólo habitan viudas enlentecidas y que la iglesia fue deflagrada. El único hombre que encuentra es el tendero y al hablar con él, entre prisas y agitación, le cuenta el suceso trágico de una mujer que perdió a su marido, asesinado de un tiro y que la hizo enloquecer tras su muerte, y pasado un tiempo incendió la iglesia de Santa María, tumbando el templo en llamas. Es aquí cuando la narración se va superando a sí misma y en la página 133 la novela te inmoviliza poderosamente, pues todo queda conectado. La historia funciona con ritmo propio y la lectura se sucede en tres dimensiones. Estás dentro con ellos. Hay transparencia. Las descripciones son exquisitas, propias de un Gran Talento de la Literatura, que trabaja con esfuerzo por la escritura, por recuperar su poder natural. En cada párrafo está su arte, la pasión, la ambición por mejorar la técnica y producir una composición sencilla y pluscuamperfecta. Un Huracán en Papel.  Estamos ante una alabanza a la literatura y a la constante creación. Frente a esta narrativa cualquier texto de David Safier, Assa Larson o E.L. James  es una brisa anodina y oficio plañidero, lo cual marcará por siempre la disyuntiva entre literatura de escape o Alta Literatura,  mi escusa creciente para  mantener este Blog y escribir reseñas entre la espesura. No merecemos menos los Amantes de la Literatura.

«Quiero internet, Sebastián. Así te lo digo.»

Sebastián es un personaje honesto, cabal en su estructura, que se comprende a sí mismo y alcanza un relieve perfecto, sin hebras de autoengaño ni estupidez, que pretende lo auténtico y que necesita moverse entre el magma original de la realidad espontánea y propia, la cual no defraudará jamás a ningún lector con quien tome contacto.  Su vida sigue una especie de broma experimental cuando entra en la sufrida aldea de Castilla que está unida a su pasado. Allí, él mismo es un muerto llamado Miguel. Su novia está harta de la situación, pero no sabe nada. Entre ellos hay una sintonía especial confubalada por los misteriosos designios planetarios. Sebastián esconde un secreto que no sabe como contar a Claudia. La narración te va arrastrando rápido con una sintáxis perfecta, y de forma anómala, a partir de  la página 195 hasta la 245 la lectura se hace monótona y plúmbea. Pero sin más. Al salir de ese breve bache y esa maldad, aparece el tercer acto, titulado «Mentira» y la obra te atraviesa, mediante una ficción arrolladora, pulida y brillante, demostrando persistencia de genio.

«Los hombres se enamoran de una solapa y las mujeres de una sinopsis.»

El cierre produce una explosión emocional ciclópea, fulminante, supra-literaria. A las 11:23 a.m. del desenlace, en plaza, cuando Miguel corre, surge el momento más literario de toda la narración, el renacimiento de la Gran Literatura del siglo XXI, la que había quedado pisoteada y muerta, ahora es exhibida con la lógica-poética de un escritor sensible, racionalmente perceptivo, que tiene el don de sublimar el dolor y convertirlo en cielo abierto por el que vuelan pájaros dignificados al son de músicas flotantes como el inmenso cielo de Castilla, de azul metálico, sobre tierras fecundas, festejando con hipnóticas alabanzas la Literatura de Altura que alza a los más fuertes Huracanes en papel, los que serán protegidos durante el tránsito de los tiempos. Alberto Olmos es Uno de los Nuestros, un literato grande, inmenso. Esta lectura estará en un estante de mi Biblioteca Fulgurante.

jueves, 15 de enero de 2015

La novia parapente, de Cristina Grande

Lo encontré por casualidad, si es verdad que eso existe. Ese día buscaba a una escritora, quería los pensamientos de una mujer, saber de sus emociones y acceder a su refugio imaginario. Prefería pocas páginas y recorriendo estante por estante en la G de Grande se me apareció La novia parapente y sus diecisiete relatos inolvidables. ¿Cual es el resultado? 

Hace muchos años que no leía un texto tan abierto, tan sibilino, tan certero y tan conciso. La palabra de Cristina Grande es por fín Literatura de Altura, un Huracán en Papel que te agita, que te remueve y te transporta por  el hecho de acompañar su palabra hasta el lugar más recóndito del alma humana. Su frases son gotas de rocío que anuncian un Nuevo Amanecer Sincero en las vidas de nuestras almas moribundas que se agotan cuando no hay un estímulo verdadero. No hay nada elaborado en sus relatos, pero uno a uno, como el mosaico enguijarrado adquiere la complejidad y la riqueza del mundo. Su ficción es espejo y envoltorio de lo real. Amplifica lo que estamos viviendo, con carácter risueño, ágil, previsor y optimista. Es una lectura de lujo, fabricada por la mirada distante, y que te deja cuando empieza, que se escapa de las manos por su breve sonido, pero dejando el perfume de las letras que bailan salpicando los buenos y poéticos recuerdos. Ha tenido muy buenos maestros. Puede que aprendiera a escribir según los leía y decidió probar con su propio tacto alcanzando una copia creativa perfecta, de colección. ¡Soberbia! ¡Grande!

martes, 13 de enero de 2015

El zorro ártico, de Sjón

Sjón significa «visión» y es el seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurdsson, uno de los escritores más interesantes e innovadores de Islandia, nacido en 1962 en Reykiavik. Tiene cincuenta y dos años. Empezó su carrera de escritor con dieciséis y no ha dejado de publicar novelas, poesía y teatro hasta la fecha. La obra ahora analizada es una de las mejores de su factoría imaginaria y no puede quedar oculta a nuestra mirada indómita de Amantes de la Literatura. La editorial Nórdica ha mantenido en la portada el título original islandés que significa «Baldur de la Sombra», haciendo referencia a la mitología islandesa, un dato muy importante para seguir la lectura, porque Baldur es el dios tradicional de la Luz y la Belleza y es también el nombre del protagonista, Baldur Skuggason, un párroco de pueblo pequeño de Dalbotn, en el Valle de Dalur,  ambientado en 1883.

La obra está articulada en cuatro actos. El primer acto trata de la persecución al zorro pardo hasta ser acorralado. El segundo acto expone diferentes escenas, Fridrik el herbolario y Hálfdán de capacidades muy limitadas, deben llevar en un trineo el ataúd con Hafdís Jónsdottir hasta el cementerio de Dalbotn, para enterrarla. Años atrás, en 1868, embarranca un fantasmal carguero negro holandés en la costa de Reykianes, en los acantilados de Önglabrjótsnef. Iba cargado y repleto de aceite de ballena en millares de toneles. Dentro y encadenada, encontraron a la joven Hafdís, harapienta, sucia y golpeada. Fridrik iba también en el barco entre los pasajeros. Había estudiado en la universidad de Copenhague y había trabajado de ayudante de boticario para la farmacia Elefant, ocupándose del archivo de drogas: éter, opio, gas hilarante, hongo matamoscas, belladona, cloroformo, mandrágora, hachís y coca, que además de tener usos medicinales, estaban en voga entre los «lotófagos» de Copenhague. Él se hizo tutor de Hafdís porque estaba desamparada. En la aldea ella conoció a Hálfdán. Su vida y su muerte quedó envuelta de naturaleza y armonía. El tercer acto retoma con el estampido del disparo que rasga la sagrada paz de los páramos como un cortaplumas en un trozo de papel. El sacerdote se tambalea hacia la piedra y contempla al raposo. Lo que allí ocurre es digno de lectura, provocando el poético desenlace final. El cuarto acto cierra la obra con la carta de Fridrik, para sellar esta leyenda islandesa popular con un estilo ágil y místico.

El zorro ártico está construido siguiendo el género islandés de cuentos populares que tiene como personaje típico al cura rural, que suele poseer enorme fuerza física y ser un destacado maestro en los debates teocentristas. El zorro también aparece por ser el único depredador de la isla y el único mamífero que habita esas tierras antes de la colonización nórdica de finales del siglo IX. La obra mezcla símbolos paganos, tradición, naturismo y mitología. La narración corre deprisa. Todo se capta de forma intuitiva, también el desprecio a la despiadada caza de la ballena, que Islandia consiente para lograr cuantiosos beneficios económicos con su venta a los japoneses, sabiendo que es una especie protegida en peligro de extinción. Las descripciones son breves y potentes, como fogonazos que queman como la nieve. Estén atentos a esta literatura, es muy inteligente y un viaje muy invernal para la mente. Nórdica y brutal.

viernes, 9 de enero de 2015

El gato, de Georges Simenon

No hay calidad literaria en Simenon pero sus personajes se mueven con energía y la historia termina siendo entretenida. Leí a este autor por primera vez en Salamanca, siendo estudiante de psicología, y aunque no recuerde el título sé que si encuentro el libro sabré cual fue porque su historia y su protagonista giraba todo en torno a un armario, a un sombrero y a un asesinato. Todo muy gris y finalmente oscuro, muy negro. Así recuerdo a Simenon y así ha regresado a mi actual imaginario con esta novela titulada El gato, que encontré en una librería, dejándome llevar por lo insólito. 

Émile y Marguerite deciden casarse. Ambos tienen más de sesenta años y su unión se establece como consecuencia del miedo a la vejez y a la soledad. Émile tiene un gato llamado Joseph y Marguerite un loro que considera el ser más inteligente del planeta. Pasa el tiempo y la convivencia  entre los personajes reactiva en Simenon su memoria y su pasado y escribe el relato más cruel, el más estremecedor y el más devastador de su prolífica carrera de escritor.  En dos horas lo puedes leer, pero ignoro el tiempo que pasará hasta que lo puedas olvidar. Podrían ser años. Sólo tú lo sabrás. ¡Blum!

Juego de azar, de Slawomir Mrozek

Literatura lúcida, ácida, despiadada y mordaz. Mrozek es uno de los escritores más venerados de Polonia. Su escritura canaliza la creatividad hacia el absurdo, fórmula que retrata la realidad con más intensidad, eludiendo lo que es obvio y dejando volar su imaginación por espacios surrealistas, inalcanzables y categóricos.

Slawomir Mrozek reunió 34 microrrelatos en 1991 que fueron publicados diez años después en España, por Acantilado, en Juego de azar, para dar a conocer a otro autor más de la Europa Central. Todo en ellos es hilarante y kafkiano, con personajes grotescos, como el párroco que decide irse a trabajar al sex-shop para sentirse más útil a la sociedad, o el europeo que estrangula a un cocodrilo por tragarse el ticket de la tintorería. Mrozek posee el arte de decir tanto en tan poco. Lo bueno si breve, dos veces bueno. ¡Blum!

«Un hombre sin honor no sirve para trabajar ni siquiera en horas extras.»

jueves, 8 de enero de 2015

Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck

El origen de Las uvas de la ira yace en este relato, un documento periodístico sobre el nomadismo de miles de agricultores que emigraron de la Dust Bowl –cuenca del polvo– afectados por la sequía y las tormentas de polvo en los años 30, con el fin de trasladarse hacia el Oeste, empujados por la pobreza y el hambre, para trabajar como braceros y temporeros en los inmensos campos de California, repletos de uvas hinchadas, ciruelas, manzanas, lechugas y ese algodón que tan rápido madura. Los residentes locales les repudiaban porque temían que les trajeran enfermedades, aumentaría el gasto en educación para sus hijos, y en sanidad con los recursos de sus hospitales. Sin embargo, los propietarios de las granjas agrícolas les necesitaban para obtener mayor productividad y eso dió pie a la explotación, a los sueldos infrahumanos, a la creación de vigilantes para intimidar a los trabajadores que se agrupaban para formar sindicatos y exigir derechos.

Los vagabundos de la cosecha, escrita en 1936, es una obra de máxima actualidad para España, con la pobreza y el desempleo que atenaza a seis millones de españoles que se ven en las mismas tesituras de explotación, víctimas de la avaricia y la codicia empresarial, que se explaya con todos, con los que actualmente trabajan presionados por el despido y con los más desfavorecidos cuando no disponen de los recursos mínimos para re-estructurarse. John Steinbeck se adentró en el estudio de este fenómeno social con sensibilidad, buen juicio y responsabilidad, aportando ideas y medidas para asegurar la dignidad de los trabajadores. Todo lo que se cuenta y muchas de las fotografías que se muestran en esta cuidada edición del Asteroide, nos harán pensar y tomar acciones y desde luego calará hondo en nuestra conciencia colectiva. De fuera hacia dentro. No cierren los ojos. ¡Abranlos más todavía! La ignorancia o la insensibilidad del pasado no deben prolongarse al futuro por el bien de las crecientes sociedades. Son momentos de tránsito. ¡Blum!


A los emigrantes los necesitamos y los odiamos.




miércoles, 7 de enero de 2015

Al límite de Thomas Pynchon

Fatal. Aburrida. Tediosa. Plana. La compré por admiración al escritor pero es la peor novela que he leído este año. No se la recomiendo a nadie. El tema de la burbuja tecnológica ya fue muy explotado por Neal Stephenson, otro escritor norteamericano que lo domina con más acierto y que consiguió un altísimo reconocimiento con su fascinante novela titulada Criptonomicon, que leí hace más de diez años y me causó una gran satisfacción. Pynchon ha fracasado con esta novela.

Al límite es la pretensión de una obra no-reveladora, ni vanguardista que llega muy tarde al panorama literario. Ni uno solo de sus personajes es interesante, ni Maxine Tarnow, ni March, ni Lester, ni Ice, ni Tallis. Trata los temas rozándolos, de tal manera que cansa lo que está contando y te desinfla con la Deep Web, la fibra oscura, las estaciones E10 y hasta la hashslingrz. Todo en ella me ha resultado soporífero y temo que a un lector extranjero en la literatura de Thomas Pynchon que caiga en este erróneo proyecto pueda quedar eclipsado al verdadero talento de uno de los mejores escritores vivos de los EEUU.